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Entradas Etiquetadas ‘Medio ambiente’

Una mirada hacia la colmena

Jueves, 2 de Agosto de 2018 Sin comentarios

El avispón asiático, también conocido como Vespa velutina en el ámbito científico, es un himenóptero que suscita gran interés en la actualidad debido, en parte, a la creencia de tratarse de un animal muy peligroso.

Esta especie nativa del sureste asiático está catalogada como exótica invasora y, si bien es cierto que no hay que temer especialmente por la peligrosidad de su picadura, sí genera ciertos problemas ecológicos derivados de su presencia. Pero, ¿por qué es dañino el avispón asiático?

Por un lado, existe una problemática ecológica o de biodiversidad ya que esta especie depreda sobre la abeja europea (Apis mellifera) y otros insectos polinizadores.

Una segunda cuestión asociada a la anterior es el perjuicio económico que acarrea, dado que la actividad de las abejas autóctonas se ve afectada por la pérdida de individuos. Del mismo modo, el control de la plaga implica importantes costes a las administraciones regionales.

Finalmente existe un factor relacionado con la salud humana y es que, aunque no es particularmente peligrosa para el hombre, se han dado casos recientes de picadura de avispón asiático con fatales consecuencias para personas alérgicas. Por el contrario, para las personas no alérgicas la toxina inyectada no suele revestir más complicaciones que la generada por una avispa europea.

La introducción de especies exóticas invasoras (EEI) puede ser causada accidentalmente o producida por un acto intencionado, y en el caso de Vespa velutina su llegada a Europa se produjo de forma accidental hace ya más de una década.

En la actualidad, en España se distribuye principalmente por Galicia y País Vasco, habiendo cierta incidencia también en Asturias, Cantabria y Cataluña.

La alarma social que se ha generado a raíz de la llegada de esta especie invasora ha damnificado gravemente a nuestro avispón autóctono ya que la confusión entre ambas especies lleva consigo la destrucción de muchos nidos de Vespa crabro. Por ello se necesita una buena identificación.

Dado que ambas especies presentan un tamaño similar que oscila entre 17 y 32mm de longitud, para lograr distinguirlas nos podemos basar en su apariencia. El avispón invasor presenta el cuerpo de color marrón oscuro o negro con mínimos detalles amarillo-anaranjados. Las terminaciones de sus patas exhiben un color amarillo.

Por contraposición, el avispón autóctono Vespa crabro luce un color amarillo claro en la mayor parte de su cuerpo así como las patas marrones.

 

Vespa crabro vs Vespa velutina / Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Monceau et al., 2014

Vespa crabro vs Vespa velutina / Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Monceau et al., 2014

Otra forma de poder diferenciar ambos véspidos la encontramos en la ubicación y forma de los nidos. Mientras que el nido de V. velutina se encuentra normalmente en la parte alta de los árboles, el del avispón europeo suele estar construido en troncos huecos, cobertizos o incluso altillos de casas, pero nunca a tanta altura como la velutina. Asimismo, el tamaño del nido del avispón europeo suele ser más reducido que el del avispón asiático, pudiendo éste llegar a alcanzar hasta 1 metro de longitud y albergar varios miles de individuos.

 

Nido de Vespa velutina/ Nido de Vespa velutina/ Wikipedia. Francis Ithurburu.

Nido de Vespa velutina/ Nido de Vespa velutina/ Wikipedia. Francis Ithurburu.

A día de hoy existen numerosas campañas tanto de sensibilización como de captura y destrucción de nidos del avispón asiático, destacando especialmente en las comunidades más afectadas y anteriormente mencionadas. En dichos lugares resulta una prioridad la colocación de trampas para atrapar el mayor número de ejemplares, incluyendo las reinas.

En esta línea, uno de los objetivos de este artículo es mejorar el conocimiento de la especie para poder llevar a cabo medidas de control y gestión, minimizando los efectos sobre especies no objetivo como Vespa crabro.

 

Ángel de Prado Santos,
estudiante en prácticas en el Museo de la Ciencia procedente del
Grado de Biología de la Universidad de León

Cazadores aéreos, similares, pero no iguales

Miércoles, 1 de Agosto de 2018 Sin comentarios

Los largos y calurosos días de verano no suelen ser buenos para la observación ornitológica. Al igual que las personas, las aves suelen limitar sus periodos de mayor actividad a las primeras y últimas horas de la jornada, cuando las temperaturas dan un respiro. Las golondrinas, aviones y vencejos son aves que solemos asociar al verano, ya que su vinculación a los núcleos de población y sus vuelos cercanos y constantes las hacen fácilmente reconocibles. Sin embargo, en muchas ocasiones el observador no avezado confunde estas especies, asignando el mismo nombre a las tres.

Para despejar dudas daremos unas sencillas pautas de observación.

La golondrina común y el avión común pertenecen a la misma familia, por lo que su morfología es similar. Sin embargo, las dos plumas externas de la cola (rectrices) son más largas en la golondrina dando el la impresión de poseer una profunda horquilla. En el avión común, la diferencia de tamaño entre las plumas externas y las centrales no es tan acusada, presentando la cola solamente una ligera escotadura. Esta característica hace que en algunas zonas reciba el nombre de colapez. La coloración también es diferente y mientras que la golondrina presenta todo el dorso de tonos azulados y garganta rojiza, el avión exhibe una mancha blanca muy visible en la base de la cola.

El vencejo común, por su parte, pertenece a un grupo bastante alejado genéticamente de las golondrinas. Sin embargo, al compartir hábitos alimenticios similares (todas se alimentan de insectos aéreos que capturan en vuelo), también comparten algunas similitudes morfológicas. Una observación detenida, aunque sea en vuelo, nos permitirá apreciar al vencejo común como un ave homogéneamente oscura, de largas alas en forma de hoz y cola muy corta. El vuelo es mucho más rápido y directo que el de las otras dos especies y, curiosidad, nunca se posa en cables, ramas, vigas, ni en el propio suelo, como si hacen la golondrina común y el avión común.

La nidificación también sirve para diferenciar estas especies de grandes voladoras, ya que el vencejo común no hace nidos de barro como las otras dos especies, utilizando generalmente huecos en fachadas y bajo tejas. La golondrina común construye nidos de barro en interiores (garajes, cuadras, porches, viejas habitaciones, etc.) y no los adhiere al techo, mientras que el avión común los ubica bajo aleros o extraplomos, los une al techo y solo deja una pequeña abertura para acceder.

 

Golondrina común, vencejo común y avión común/ Ilustración de José Manuel Onrubia Baticón

Golondrina común, vencejo común y avión común/ Ilustración de José Manuel Onrubia Baticón

Los cuervos de noche

Martes, 7 de Junio de 2016 Comments off
Martinete común, fotografía de Fernando Cabrerizo

Martinete común, fotografía de Fernando Cabrerizo

Aunque este ave desarrolla su actividad preferentemente durante el crepúsculo y la noche, no resulta extraño, entre los meses de marzo y octubre, observar su silueta rechoncha sobrevolando el río a plena luz del día. El martinete es una especie perteneciente al grupo de las garzas, aunque su tamaño es considerablemente menor que el de su pariente la garza real, así mismo frecuente en el Pisuerga más urbano, aunque en este caso durante el invierno.

El martinete ejecuta un vuelo lento y elegante siguiendo el trazado del río entre los lugares de nidificación y los cazaderos, donde intentará capturar los peces de los que se alimenta. Es una especie colonial que suele ubicar sus nidos en árboles del bosque ribera, y precisamente esta circunstancia es la que permite su observación en la capital.

La situación de las colonias de cría, a pocos kilómetros al norte de la ciudad, y alguno de sus cazaderos, al sur de la misma, permite que se dejen ver sobrevolando elegantemente el río durante sus desplazamientos entre ambos lugares. Lo normal es que se desplacen en busca de comida al atardecer y regresen al amanecer.

Sin embargo, algunos ejemplares, como el que ha conseguido fotografiar maravillosamente nuestro amigo Fernando Cabrerizo en el entorno de los islotes de El Palero, pueden desplegar actividad diurna, permitiéndonos de este modo disfrutar de la belleza de este ave, también denominada ‘cuervo de noche’.

¡No te pierdas estas fabulosas imágenes! https://cacahuet.es/docs/2016/martinete-comun-pisuerga

Charla ‘Ecos en nuestro cuerpo. Ecografías: fundamentos, aplicaciones, futuro’

Lunes, 30 de Noviembre de 2015 Comments off
 director del Gabinete Médico de Ginecología de la Universidad de Valladolid, Víctor Jesús Zurita Villamuza

Víctor Jesús Zurita Villamuza durante la charla ‘Ecografías: fundamentos, aplicaciones, futuro’

El Museo de la Ciencia de Valladolid organizó durante el mes de noviembre, el I ciclo de charlas ‘A tu salud’. Una iniciativa, que ha contado con la colaboración del Parque Científico de la Universidad de Valladolid y la Fundación General Universidad de Valladolid (FUNGE), cuyo objetivo es formar parte de la oferta permanente del Museo.

Víctor Jesús Zurita Villamuza fue el encargado de abrir el ciclo con su charla ‘Ecos en nuestro cuerpo. Ecografías: fundamentos, aplicaciones, futuro’. Un encuentro en el que se explicó qué es un eco, qué son los ultrasonidos y cómo estos últimos están presentes en la naturaleza.

Durante el encuentro, el conferenciante repasó además algunos hitos científicos como el descubrimiento de los ultrasonidos y los efectos piezoeléctrico y Doppler; y habló sobre los efectos sobre el cuerpo humano y los posibles daños adversos.

¿Quieres escuchar de nuevo esta charla? ¡Ya disponible el audio!

 

Árboles singulares en Valladolid

Viernes, 10 de Julio de 2015 Comments off
El periodo más tórrido del año, generalmente circunscrito a los meses de julio y agosto, supone, en el ámbito de la naturaleza, algo así como un ‘stand by’ medioambiental, un momento de relajación y calma que se activa una vez toca a su fin el convulso periodo primaveral. Muchas de las plantas que con sus flores transformaron los paisajes monocromáticos en paletas de pintor, han llegado al ocaso de su ciclo vital y ahora, agostadas, transforman los verdes campos en extensos lienzos pajizos que, estoicamente, soportan los rigores del implacable sol de mediodía. La cubierta arbustiva y arbórea de los bosques, riberas y parques ha adoptado el definitivo tono aceitunado con que se mostrarán hasta la llegada del otoño; mientras, la frenética actividad reproductora a la que muchas aves se habían entregado durante los meses anteriores, se ha sosegado con la emancipación de la mayoría de los jóvenes retoños. Pero esto no implica que la observación de la naturaleza nos esté vetada hasta los albores del otoño. Los rigores climáticos del periodo estival invitan a permanecer a resguardo la mayor parte del día, a la espera de que el termómetro nos dé un respiro. Y es durante estos periodos de temperaturas más llevaderas, generalmente durante la mañana o ya cerca del crepúsculo, cuando podemos echarnos a las calles y plazas, y recorrerlas en busca de esos rincones donde se encuentran los ejemplares arbóreos más emblemáticos de la ciudad. 38 ejemplares distribuidos por todo el casco urbano y que han sido catalogados en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) como de especial protección en virtud de su edad, porte, forma o rareza en el contexto urbano.
Como cabe esperar de un catálogo de árboles urbanos, la mayor parte de los especímenes pertenecen a especies alóctonas, ya que, por tradición, el arbolado urbano se ha nutrido de especies de otros lugares del mundo, bien por sus características morfológicas, bien por su rareza o adaptabilidad. En este primer grupo se encuentran las imponentes sequoias de los barrios de la Victoria y la Overuela, ambas con cerca de 200 años de edad y más de 35 metros de altura; los cedros de El Campo Grande, Plaza San Pablo, Arco Ladrillo, Paseo Juan Carlos Primero o el vivero forestal, todos ellos con alturas que oscilan entre los 20 y 25 metros; los cipreses de Campo Alba y el instituto Zorrilla; el sauce llorón y el olmo siberiano del Paseo de Las Moreras; o la albizia de la calle Urano en el barrio de La Victoria, ejemplar incluido en el catálogo en virtud de su rareza en la ciudad.
Entre las especies propias de la península ibérica destacan la gran encina del Campo Grande, que con sus más de 25 metros de altura se erige como uno de los arboles más impresionantes del parque; el tejo del Viejo Coso, también de gran interés al ser una especie adaptada a ambientes más húmedos y frescos; el álamo negro del Campo Grande, con alrededor de 30 metros de altura; el saúco de la calle Santuario, perteneciente a una especie que suele presentar porte arbustivo, pero que en el caso de este ejemplar, con más de 80 años de edad, el porte es arbóreo y presenta varios troncos principales; o los almeces del Paseo del Cementerio, otra especie con escasa representación en la ciudad.
Contemplar estos árboles vetustos o de enormes dimensiones puede servirnos de acicate para reflexionar sobre cuál debe ser nuestro papel dentro de este impresionante entramado que es la biodiversidad, así como sobre cuáles son las actitudes que, como beneficiarios de la misma, debemos adoptar. El Museo de la Ciencia quiere contribuir a nuestra reflexión sobre estas dos ideas e invita a los ciudadanos a visitar la exposición ‘Enarbolar, Grandes árboles para la vida’ y conocer el significado que estos gigantes ancianos tienen para la sociedad y para los habitantes de los pueblos y ciudades en los que se ubican.
Las fotos corresponden a la sequoia del canal de Castilla, en el barrio de La Victoria, y a los cedros de la plaza de La Trinidad. En el siguiente enlace puedes acceder a una aplicación que ubica geográficamente los ejemplares y muestra una imagen de cada uno de ellos.
https://www.google.com/maps/d/viewer?mid=z_dwEBgdrBDo.kMSH_CerFMwU&hl=en_US
Cedros de la plaza de La Trinidad

Cedros de la plaza de La Trinidad

El periodo más tórrido del año, generalmente circunscrito a los meses de julio y agosto, supone, en el ámbito de la naturaleza, algo así como un ‘stand by’ medioambiental, un momento de relajación y calma que se activa una vez toca a su fin el convulso periodo primaveral.

Muchas de las plantas que con sus flores transformaron los paisajes monocromáticos en paletas de pintor, han llegado al ocaso de su ciclo vital y ahora, agostadas, transforman los verdes campos en extensos lienzos pajizos que, estoicamente, soportan los rigores del implacable sol de mediodía. La cubierta arbustiva y arbórea de los bosques, riberas y parques ha adoptado el definitivo tono aceitunado con que se mostrarán hasta la llegada del otoño; mientras, la frenética actividad reproductora a la que muchas aves se habían entregado durante los meses anteriores, se ha sosegado con la emancipación de la mayoría de los jóvenes retoños.

Pero esto no implica que la observación de la naturaleza nos esté vetada hasta los albores del otoño. Los rigores climáticos del periodo estival invitan a permanecer a resguardo la mayor parte del día, a la espera de que el termómetro nos dé un respiro. Y es durante estos periodos de temperaturas más llevaderas, generalmente durante la mañana o ya cerca del crepúsculo, cuando podemos echarnos a las calles y plazas, y recorrerlas en busca de esos rincones donde se encuentran los ejemplares arbóreos más emblemáticos de la ciudad. 38 ejemplares distribuidos por todo el casco urbano y que han sido catalogados en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) como de especial protección en virtud de su edad, porte, forma o rareza en el contexto urbano.

Sequoia del canal de Castilla, en el barrio de La Victoria

Sequoia del canal de Castilla, en el barrio de La Victoria

Como cabe esperar de un catálogo de árboles urbanos, la mayor parte de los especímenes pertenecen a especies alóctonas, ya que, por tradición, el arbolado urbano se ha nutrido de especies de otros lugares del mundo, bien por sus características morfológicas, bien por su rareza o adaptabilidad. En este primer grupo se encuentran las imponentes sequoias de los barrios de la Victoria y la Overuela, ambas con cerca de 200 años de edad y más de 35 metros de altura; los cedros de El Campo Grande, Plaza San Pablo, Arco Ladrillo, Paseo Juan Carlos Primero o el vivero forestal, todos ellos con alturas que oscilan entre los 20 y 25 metros; los cipreses de Campo Alba y el instituto Zorrilla; el sauce llorón y el olmo siberiano del Paseo de Las Moreras; o la albizia de la calle Urano en el barrio de La Victoria, ejemplar incluido en el catálogo en virtud de su rareza en la ciudad.

Entre las especies propias de la península ibérica destacan la gran encina del Campo Grande, que con sus más de 25 metros de altura se erige como uno de los arboles más impresionantes del parque; el tejo del Viejo Coso, también de gran interés al ser una especie adaptada a ambientes más húmedos y frescos; el álamo negro del Campo Grande, con alrededor de 30 metros de altura; el saúco de la calle Santuario, perteneciente a una especie que suele presentar porte arbustivo, pero que en el caso de este ejemplar, con más de 80 años de edad, el porte es arbóreo y presenta varios troncos principales; o los almeces del Paseo del Cementerio, otra especie con escasa representación en la ciudad.

Contemplar estos árboles vetustos o de enormes dimensiones puede servirnos de acicate para reflexionar sobre cuál debe ser nuestro papel dentro de este impresionante entramado que es la biodiversidad, así como sobre cuáles son las actitudes que, como beneficiarios de la misma, debemos adoptar.

El Museo de la Ciencia quiere contribuir a nuestra reflexión sobre estas dos ideas e invita a los ciudadanos a visitar la exposición ‘Enarbolar, Grandes árboles para la vida’ y conocer el significado que estos gigantes ancianos tienen para la sociedad y para los habitantes de los pueblos y ciudades en los que se ubican.

Las fotos corresponden a la sequoia del canal de Castilla, en el barrio de La Victoria, y a los cedros de la plaza de La Trinidad. En el siguiente enlace puedes acceder a una aplicación que ubica geográficamente los ejemplares y muestra una imagen de cada uno de ellos.

https://www.google.com/maps/d/viewer?mid=z_dwEBgdrBDo.kMSH_CerFMwU&hl=en_US

Charla ‘Castilla y León, paraíso internacional del rastreo’

Jueves, 21 de Mayo de 2015 Comments off
Charla 'Castilla y León, paraíso internacional del rastreo'

Charla 'Castilla y León, paraíso internacional del rastreo'

El Museo de la Ciencia de Valladolid organizó, el mes de mayo, la conferencia ‘Castilla y León, paraíso internacional del rastreo’. Una ponencia, asociada a la exposición ‘Huellas, rastros y señales de la fauna salvaje de Castilla y León’ (financiada parcialmente por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología FECYT– Ministerio de Economía y Competitividad), que corrió cargo del rastreador y  director del Servicio de Rastreo Forestal (SERAFO), Fernando Gómez.

Cuando se habla de rastrear, de fauna, de riqueza en ecosistemas… solemos pensar en países lejanos, en lugares exóticos, muchas veces fuera de nuestro alcance. Sin embargo, la realidad es que, tal y como afirma Fernando Gómez, Castilla y León posee una riqueza, tanto en fauna como en sustratos, que convierte a la  comunidad en un escenario ideal para la práctica del rastreo en cualquiera de sus provincias.

En esta línea, el rastreador manifiesta que “nuestras tierras son el libro en el que la fauna escribe día a día sus andanzas”. Una obra que, durante el encuentro, el rastreador mostró cómo leer.

Para todos aquéllos que no pudieron asistir en persona, os dejamos el podcast de esta interesante charla.

Nieblas mil…

Miércoles, 14 de Enero de 2015 Comments off
La niebla es un fenómeno atmosférico al que los ciudadanos de Valladolid estamos bien acostumbrados. Este otoño-invierno está siendo especialmente prolífico en días grises, habiéndose contabilizado un total de 26 jornadas con presencia de brumas entre el 26 de noviembre y el 13 de enero. La niebla, cuanto es densa y persistente, como suele ocurrir en Valladolid, transforma los paisajes policromáticos en una suerte de cúpula gris que parece perseguirnos allá donde vayamos y que limita nuestro campo visual a unos pocas decenas de metros, o cientos en el mejor de los casos, a nuestro alrededor. Las formas y líneas de todo cuanto nos rodea se diluyen o desaparecen como por arte de magia, provocando en las personas una sensación extraña de aislamiento y soledad, aunque la realidad es que más allá de lo que la niebla nos permite observar, la actividad sigue siendo la misma que en las jornadas de cielos despejados. En Valladolid estamos acostumbrados a concatenar varios días consecutivos sin ver el sol, por lo que cuando por fin se disipa la calima, como en el día de ayer, no podemos evitar sentir una suerte de liberación. De nuevo aparece ante nosotros el paisaje desaparecido días atrás, nuestra visibilidad se mide ahora en kilómetros y los tímidos rayos del sol invernal vuelven a iluminar la ciudad y dan volumen a las formas que nos rodean.
Pero, ¿sabemos qué son las nieblas? En realidad las brumas están formadas por gotas de agua o cristales de hielo, de tamaño minúsculo, que flotan en el aire a baja altura. Ciertamente no son otra cosa que nubes cuya base se encuentra a nivel del suelo, considerándose niebla cuando la visibilidad está por debajo de un kilómetro. La condensación del vapor de agua contenido en el aire se produce por sobresaturación de vapor de agua o por enfriamiento de la masa de aire, siendo esto último lo que suele ocurrir en Valladolid, dando lugar a un tipo de nieblas de radiación que se denominan nieblas de valle.
Como todos sabemos, la ciudad de Valladolid se ubica en el fondo del valle del río Pisuerga, que a nivel más general forma parte de la cuenca del Duero. Cuando durante los periodos más fríos del año se sitúan anticiclones sobre la península, con cielos despejados que favorecen el enfriamiento rápido de la superficie terrestre durante la noche, en los valles pueden producirse situaciones de inversión térmica. En tales situaciones el aire frío queda atrapado a nivel del suelo, quedando una capa de aire más caliente por encima de éste. Durante la noche el aire atrapado se enfría aún más, provocando la saturación de vapor de agua en el aire y la consecuente formación de gotitas visibles. Si el anticiclón de turno permanece estable, el fenómeno puede repetirse día tras día.
Pero no pensemos que en Valladolid únicamente se producen nieblas durante el otoño y el invierno. Aunque mucho menos frecuentes, también se pueden producir nieblas en periodos más cálidos. Es el caso de las nieblas de vapor que se generan en el río cuando una masa de aire frío se desplaza sobre la superficie más caliente del agua. En este caso el agua se evapora y al entrar en contacto con el aire frío se alcanza el punto de rocío, el vapor de agua se condensa en minúsculas gotitas y se forma nieblas, que suelen tener escaso espesor y se disipan en cuanto el sol comienza a calentar el aire de la superficie.

La niebla es un fenómeno atmosférico al que los ciudadanos de Valladolid estamos bien acostumbrados. Este otoño-invierno está siendo especialmente prolífico en días grises, habiéndose contabilizado un total de 26 jornadas con presencia de brumas entre el 26 de noviembre y el 13 de enero.

La niebla, cuanto es densa y persistente, como suele ocurrir en Valladolid, transforma los paisajes policromáticos en una suerte de cúpula gris que parece perseguirnos allá donde vayamos y que limita nuestro campo visual a unos pocas decenas de metros, o cientos en el mejor de los casos, a nuestro alrededor. Las formas y líneas de todo cuanto nos rodea se diluyen o desaparecen como por arte de magia, provocando en las personas una sensación extraña de aislamiento y soledad, aunque la realidad es que más allá de lo que la niebla nos permite observar, la actividad sigue siendo la misma que en las jornadas de cielos despejados.

En Valladolid estamos acostumbrados a concatenar varios días consecutivos sin ver el sol, por lo que cuando por fin se disipa la calima, no podemos evitar sentir una suerte de liberación. De nuevo aparece ante nosotros el paisaje desaparecido días atrás, nuestra visibilidad se mide ahora en kilómetros y los tímidos rayos del sol invernal vuelven a iluminar la ciudad y dan volumen a las formas que nos rodean.

Pero, ¿sabemos qué son las nieblas?

En realidad las brumas están formadas por gotas de agua o cristales de hielo, de tamaño minúsculo, que flotan en el aire a baja altura. Ciertamente no son otra cosa que nubes cuya base se encuentra a nivel del suelo, considerándose niebla cuando la visibilidad está por debajo de un kilómetro. La condensación del vapor de agua contenido en el aire se produce por sobresaturación de vapor de agua o por enfriamiento de la masa de aire, siendo esto último lo que suele ocurrir en Valladolid, dando lugar a un tipo de nieblas de radiación que se denominan nieblas de valle.

Como todos sabemos, la ciudad de Valladolid se ubica en el fondo del valle del río Pisuerga, que a nivel más general forma parte de la cuenca del Duero. Cuando durante los periodos más fríos del año se sitúan anticiclones sobre la península, con cielos despejados que favorecen el enfriamiento rápido de la superficie terrestre durante la noche, en los valles pueden producirse situaciones de inversión térmica. En tales situaciones el aire frío queda atrapado a nivel del suelo, quedando una capa de aire más caliente por encima de éste. Durante la noche el aire atrapado se enfría aún más, provocando la saturación de vapor de agua en el aire y la consecuente formación de gotitas visibles. Si el anticiclón de turno permanece estable, el fenómeno puede repetirse día tras día.

Pero no pensemos que en Valladolid únicamente se producen nieblas durante el otoño y el invierno. Aunque mucho menos frecuentes, también se pueden producir nieblas en periodos más cálidos. Es el caso de las nieblas de vapor que se generan en el río cuando una masa de aire frío se desplaza sobre la superficie más caliente del agua. En este caso el agua se evapora y al entrar en contacto con el aire frío se alcanza el punto de rocío, el vapor de agua se condensa en minúsculas gotitas y se forma nieblas, que suelen tener escaso espesor y se disipan en cuanto el sol comienza a calentar el aire de la superficie.

A vista de Museo (II)

Martes, 28 de Octubre de 2014 Comments off

Los colores del paisaje urbano en otoño

A comienzos del pasado verano hacíamos un breve recorrido por los colores que nos brinda el paisaje urbano más cercano al Museo de la Ciencia. Por aquel entonces aludíamos a las luces intensas y planas propias del principio del verano, y a la dominancia de los tonos aceitunados en la vegetación ribereña.

Unos meses después, y ya inmersos de lleno en el otoño, podemos apreciar que aquella homogeneidad cromática se ha tornado algo más variable, como corresponde a la estación en la que muchas especies de árboles y arbustos van perdiendo el denso follaje verdoso con que se han vestido durante los meses precedentes.

Paisaje visto desde el Museo en octubre de 2014

Paisaje visto desde el Museo en octubre de 2014

El contraste entre especies se hace ahora más patente y la gama dominante de tonos verdosos va siendo sustituida paulatinamente por una gama de amarillos, colores nuevos que indican que la clorofila está desapareciendo y deja el protagonismo a nuevos pigmentos pertenecientes al grupo de las xantofilas. Nos encontramos en un momento en que algunas especies, o variedades, de árboles y arbustos aún conservan gran cantidad de clorofila mientras que otras ya lo han perdido casi totalmente, generando un paisaje más heterogéneo y contrastado cromáticamente que el mostrado durante el periodo estival.

Aquí y allá, salpicados entre los colores predominantes, se cuela algún tono pardo o rojizo que nos indica que en esa zona se encuentra algún ejemplar de especies minoritarias, generalmente introducidas, como el cerezo japonés. La pérdida paulatina del follaje va permitiendo que poco a poco tome relevancia un nuevo elemento hasta ahora oculto. Nos referimos a los troncos de los árboles, que introducen un plus de verticalidad en la amalgama lineal del bosque de ribera. Los más oscuros pertenecen a especies como el chopo del país, el sauce blanco o el fresno, mientras que los de tonos cenicientos, o incluso blanquecinos, delatan la posición de los álamos blancos.

De la misma manera que ocurría en el periodo estival, el color que refleja el agua del río está fuertemente relacionado con el color dominante en la vegetación aledaña por lo que ahora son los amarillos los tonos predominantes en las aguas de muchos tramos de la ribera.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, los arboles quedarán despojados de la vestimenta que han lucido en la primavera y verano y darán paso a un paisaje prácticamente monocromo en el que ramas y troncos serán protagonistas indiscutibles, pero eso es una historia que narraremos más adelante. Por ahora nos conformaremos con intentar apreciar los cambios que se producen a nuestro alrededor, para lo que únicamente hace falta utilizar nuestra capacidad de observación.

En 2º plano: las especies menos conocidas de la Cuenca del Duero

Martes, 23 de Septiembre de 2014 Comments off

LA COLMILLEJA

Siguiendo la serie “En 2º plano”, hoy os traemos otra de las numerosas especies poco conocidas de la cuenca del Duero y que podemos encontrar en La Casa del Río: la colmilleja.

Ésta es una especie de ciprínido con nombre científico Cobitis paludica. Es de pequeño tamaño, ya que rara vez alcanza los 15 cm de longitud total. Su cuerpo es alargado, con cuatro filas de manchas oscuras y redondeadas. La cabeza también presenta pequeñas manchas oscuras y debajo del ojo existe una pequeña espina que le sirve par defenderse de los depredadores. Por su parte, la boca contiene tres pares de barbillas.

Uno de los ejemplares de colmilleja de la Casa del Río

Uno de los ejemplares de colmilleja de la Casa del Río

La colmilleja carece de vejiga natatoria por lo que no puede suspenderse en el agua y sus escamas son ovales, muy pequeñas y apenas perceptibles a simple vista.

Existe un dimorfismo sexual muy acusado. Los machos son de menor tamaño y con la línea lateral bien marcada. En la base del segundo radio de las aletas pectorales de estos aparece una lámina circular de la que carecen las hembras y que se denomina escama de canestrini.

Su distribución es muy amplia encontrándose en numerosas cuencas de ríos de la península y en alguna laguna. En nuestro entorno se puede encontrar en los afluentes del margen izquierdo de la cuenca del Duero, como puede ser el Pisuerga y en afluentes de éste, como el río Esgueva. Es un endemismo de la península Ibérica.

Esta especie vive en las partes medias y bajas de los ríos, con poca corriente y fondos de arena, grava y vegetación acuática.

Los adultos se alimentan principalmente de larvas de insectos, otros invertebrados, algas o detritos.

La época de freza se extiende desde el mes de mayo hasta julio, apróximadamente. Las hembras pueden poner hasta 1.400 huevos en varios períodos, alcanzando su madurez sexual a los 2 ó 3 años.

Sufren una regresión muy fuerte, habiendo desaparecido de varios ríos de las cuencas del Ebro y Guadalquivir principalmente. En algunas poblaciones existe una gran desproporción entre sexos a favor de hembras, fenómeno que denota su estado de peligro.

La ausencia de vejiga natatoria -que las hace estar normalmente en el fondo-, la fuerte regresión que están sufriendo y su pequeño tamaño  hacen de la colmilleja una especie de la cual hay poco conocimiento en general y no fácil de ver.

Si queréis observar de cerca algunos ejemplares de colmilleja, no dejéis de visitar La Casa del Río (cruzando la pasarela peatonal). Un lugar formado por acuarios y terrarios donde podréis observar éstas y otras especies de la provincia de Valladolid.

Más información: http://www.magrama.gob.es/es/biodiversidad/temas/inventarios-nacionales/cobitis_paludica_buen_1929_tcm7-286370.pdf

Víctor Blanco Guerra

Estudiante en prácticas del Grado de Ciencias Ambientales

En 2º plano: las especies menos conocidas de la cuenca del Duero

Viernes, 29 de Agosto de 2014 Comments off

EL GALLIPATO

Entre las numerosas especies de La Casa del Río se encuentra, quizás, una de las más desconocidas para el público que la visita. Hablamos del gallipato.

Fotografía de uno de los ejemplares de gallipato de la Casa del Río
Fotografía de uno de los ejemplares de gallipato de la Casa del Río

Ésta es una especie clasificada dentro del grupo de anfibio y a su vez como haluro (con cola), con nombre científico Pleurodeles waltl.

Su tamaño puede alcanzar los  33 cm en machos y los 28 cm en hembras; y la longitud de la cola, comprimida lateralmente, varía aproximándose al 50% de la longitud total. Posee una cabeza muy aplastada dorso-ventralmente, con ojos pequeños y su piel es verrugosa y con tubérculos terminados en punta negra.

La coloración del gallipato es parda olivácea o gris con manchas negruzcas irregulares, destacando a ambos lados de su cuerpo una hilera de tubérculos coloreados de color anaranjado. El vientre es algo más claro, con tonos amarillos o anaranjados y algunas manchas oscuras.

Vista en detalle de un ejemplar de gallipato de la Casa del Río
Vista en detalle de un ejemplar de gallipato de la Casa del Río

Por otro lado, la piel contiene diversos tipos de glándulas cutáneas como las glándulas mucosas o las glándulas serosas.

En cuanto al dimorfismo sexual los machos tienen la cola relativamente más larga y los miembros anteriores más desarrollados que las hembras.

Las larvas poseen una cresta dorsal-caudal muy desarrollada, teniendo su inicio en el principio del cuerpo. Ésta se estrecha hacia el extremo de la cola terminando en una punta aguda sin filamento. Su cuerpo es de color pardusco o grisáceo, más o menos oscuro, con pequeñas manchas negras o grises y reflejos verdosos. En las primeras épocas de larva posee una corona branquial en la parte posterior de la cabeza.

Su área de distribución incluye España, Portugal y la zona noroeste de Marruecos. En la Península Ibérica ocupa los dos tercios meridionales con un límite norte irregular. Sus poblaciones son mucho más numerosas hacia el sur y el oeste ibérico y se rarifican hacia el norte, especialmente a partir del Sistema Central.

Hacia el norte, consigue superar el Sistema Central penetrando hacia la cuenca del Duero, y es aquí donde se acerca a la provincia de Valladolid.

Es un animal muy ligado al medio acuático, pudiendo pasar la mayor parte de su vida en él. Por lo general, desarrollan su actividad por la noche o durante días de lluvia;  mientras, durante el día se ocultan en el agua, entre hojarasca, o debajo de algún objeto (piedras, rocas, troncos…) Debido a que pueden permanecer largo tiempo en el medio acuático, a menudo se les puede encontrar en pozos o acuíferos.

Todas estas características y modos de vida hacen del gallipato un animal no fácilmente localizable, de ahí su desconocimiento por este entrañable vecino de la cuenca del Duero.

Si os ha picado la curiosidad por este animal tan singular, no lo dudéis y visitar La Casa del Río (cruzando la pasarela peatonal) donde podréis disfrutar de varios ejemplares de gallipato y otras muchas especies.

Más información: http://www.magrama.gob.es/es/biodiversidad/temas/inventarios-nacionales/anfibios_3_tcm7-21382.pdf

Víctor Blanco Guerra

Estudiante en prácticas del Grado de Ciencias Ambientales

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