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Relatos finalistas ‘Premio del público’ del concurso ‘la Ciencia y tú’

Viernes, 11 de Mayo de 2018 Comments off

#RELATO 1: ¿DE LETRAS O DE CIENCIAS?’


Seguramente la más compleja de las elecciones a las que me vi sometida en mi adolescencia fue esa dicotomía sempiterna que nos inculcaban desde la escuela; ser de letras o de ciencias. Esa bifurcación constituía un soliloquio shakesperiano, un ser o no ser, un he ahí la cuestión.

Sin duda en esa pubescencia me resultó mucho más sencillo elegir entre el guaperas con chupa de cuero y mirada felina o el interesante empollón de gafas redondas y cara de no haber roto un plato. Ninguno de los dos aceptó mi propiedad conmutativa y ninguno de esos sumandos alteró el producto de mi soledad. El resultado fue muy sencillo, un conjunto vacío hasta los 23 años.

Justamente con esa edad, siendo ya una mujer de letras puras y a punto de finalizar mi carrera de Filosofía apareciste tú y dejé de ser yo y mis circunstancias, para convertirme en las tuyas. Lo nuestro constituía una ecuación de segundo grado en donde yo fui siempre una constante y tú una variable rodeada de incógnitas.

Decidimos formar un polinomio, que a mí que seguía siendo muy poética, me gustaba porque rimaba con matrimonio. Tras pasar unos meses midiéndonos los perímetros de aquel círculo vicioso, decidiste salirte por la tangente y te alejaste de mí.

Ahora que ya han pasado unos años, no quiero oír hablar de matemáticas bajo ningún concepto. De hecho he rechazado a Pietro, un pretendiente Italiano con el que estaba intimando cuando me ha dicho que mejor le llamara Pi.

 

#RELATO 2: SIN SENTIDOS Y ECUACIONES


Sucedió que, en la juventud de un investigador, una nueva emoción asomó por su ventana en forma de persona.

—¡Buenos días Albert! ¡Nos vemos en clase! —dijo una chica con voz enérgica.
—¡Por supuesto! —contestó el joven con una sonrisa —¡Buenos días Mileva!

La chica desapareció dejando en Albert una sensación de calor que recorría todo su cuerpo desde el estómago. El muchacho trató de dar nombre a esa sacudida. Lo cierto es que acostumbraba a transformar todo lo que percibía en números. Para él era más sencillo que usar palabras y, al ver que no encontraba un nombre adecuado, corrió a su pizarra llena de constantes y variables y se puso a hacer operaciones sobre ella.

Escribía y borraba. Jugaba con unos números y otros pero nada tenía lógica. Fue entonces cuando dejó caer su tiza en señal de rendición ante su resultado: una nueva fórmula errónea y sin coherencia lógica. Se marchó de la habitación resoplando. Tras un portazo se hizo el silencio… Hasta que los números empezaron a hablar.

—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? Tienes errores por toda la cara —dijo, desde la esquina de la pizarra, la vieja fórmula del día anterior a la nueva.
—¿Enferma? ¡Pero si me siento muy sana! —rebatió esta última.
—¿Por qué demonios no te ha tachado? Tus cálculos son erróneos. No tienes sentido.
—Supongo que todas tenemos algún sentido.
—No, el sentido implica lógica, por eso yo soy perfecta. Estoy llena de coherencia y armonía —indicó la vieja fórmula llena de orgullo —, el chico dijo, al crearme, que yo era el descubrimiento del siglo.
—No lo dudo, seguro que sirves a un buen propósito… ese hombre calcula desde el corazón, lo sentí mientras me escribía —señaló la nueva con serenidad.
—¡Tonterías! ¿Qué importa el corazón o el propósito cuando tienes lógica?
—Para que tú brillaras con esa armonía existieron otras fórmulas que fueron tachadas. Ellas, como yo, tampoco tenían lógica pero eran necesarias.
—¿Qué importan? Todas imperfectas, incompletas… ¡yo soy la única que funciona! —sentenció la vieja fórmula muy enfadada.

De repente Albert irrumpió en la habitación y fue directo hacia la pizarra. Revisó los cálculos y, tras una mueca, cogió el borrador dispuesto a eliminar la vieja fórmula —la perfecta —.

—¿Por qué vas a borrarme? Soy el hallazgo del siglo —suplicó esta a su creador.
—Aún quedan muchas fórmulas que calcular para eso pero tú has sido útil —reconoció el joven —. La última fórmula siempre termina siendo la penúltima.
—¿Y la nueva? ¿No vas a borrarla? ¡No sirve para nada! —gritó desesperada.
—Ella no necesita lógica, guarda la variable que te falta. Aunque no la comprenda, puedo sentir como dirige y llena de sentido mi vida. Estoy trabajando en la fórmula del amor —sentenció Einstein.

 

#RELATO 3: MAGIA


Nada importaba en ese instante. En un abismo infinito de estrellas y monótonas sonrisas convexas, rozando el límite entre vigilia y sueño, estando casi tan muerto como vivo, amaneciste tú.

Nacieron los versos endecasílabos con rima asonante en los pares y aparecieron el crepúsculo, la madrugada y la diversidad de cuatro tercios pi por el radio al cubo con sus playas, sus selvas, sus mares.
Sin saberlo creaste la perfección de Fibonacci en una caracola y un relativo calendario de trescientos sesenta y cinco días, cinco horas y cuarenta y ocho minutos con seis segundos.

Algunos deciden medir el mundo en céntimos, pero yo prefiero contar compases, corcheas, los lunares de tu espalda; prefiero admirar cómo el diamante negro de mis obras de arte descompone la luz blanca en banderas de paz y leer mensajes de amor encriptados en un perfecto código binario tras el anonimato que brinda un arroba.

Continuo preguntándome con frecuencia si en algún momento lograste descubrir la belleza de tus enigmas; me pregunto si Hilbert logró encontrar su habitación sin número o si el envés perdido de Möbius apareció finalmente en el lugar menos esperado.

Ojalá pudieses comprender la emoción de tus inseguridades, de cada incógnita que despiertas; eres prosa, eres todo, eres magia.

Ganadores del VII concurso de relato breve ‘La Ciencia y tú’

Martes, 23 de Mayo de 2017 Comments off

El pasado 19 de mayo, tuvo lugar en el Auditorio del Museo, la entrega de premios del VII concurso de relato breve ‘La Ciencia y tú’. Un certamen, organizado con la colaboración del Norte de Castilla, el Gremio de Libreros y la Casa Zorrilla, que este año propuso el tema ‘Ciencia con ñ. La ciencia hecha en español’.

Miriam Rodríguez Alonso, Mª Peña Cid García y Edmundo Molinero Herguedas fueron los ganadores de este concurso en las categorías infantil, general, y premio del público, respectivamente.

A continuación, os dejamos los 3 relatos.

MIRIAM RODRÍGUEZ ALONSO, ‘EL AJOLOTE’ (CATEGORÍA INFANTIL)

Valladolid 17 de abril de 2017

Querido diario, hoy he celebrado mi décimo cumpleaños y me han regalado un libro de animales curiosos. Voy a contarte algo sobre uno de estos animales que me ha impresionado. Se trata del ajolote, un anfibio mexicano de garboso aspecto y asombrosas habilidades biológicas. Este animal no sólo es capaz de regenerar una mano o una cola perdida, sino que también su corazón y otros órganos internos.

Valladolid 17 de abril de 2117

Querido diario, a punto de cumplir 110 años, me he despertado llena de vitalidad. Me he calzado mis deportivas nuevas de última generación y he salido a correr por el centro de Valladolid.

Las pantallas informativas de las calles anuncian el nuevo fármaco del Instituto Juan Carlos Izpisúa, que nos ayudará a mantener la juventud aún más tiempo.

Ha trascurrido ya un siglo desde que mi padre me leía la prensa antes de ir al colegio, era diciembre de 2016 cuando los periódicos publicaban esta noticia: “ Un equipo internacional liderado por el investigador español Juan Carlos Izpisúa consigue revertir el envejecimiento en ratones”.

Tuvieron que pasar varios años hasta que consiguieron dar el salto a los humanos y fijar la dosis que deberíamos tomar ya varias generaciones para alargar la juventud.

Esta tarde celebraré mi 110 cumpleaños y espero seguir soplando las velas y sembrando tus páginas, querido diario, con mis historias…mientras científicos españoles tan importantes como el Dr. Serrano consiguen convertirnos en lozanos ajolotes.

 

Mª PEÑA CID GARCÍA, ‘EL VASO DE SÉNECA’ (CATEGORÍA GENERAL)

Mientras calmaba su sed, Séneca se dio cuenta de que leía con mayor facilidad las letras, sin embargo pequeñas y borrosas. Volvió a dejar el agua pensativo, solo para volver a alzarlo y ver de nuevo esas letras, más amplia y claramente a través del vaso lleno de agua. Una ráfaga de viento levantó una bruja de polvo a su lado.

-Caramba, se me ha metido algo en el ojo!-

Casi dos mil años después Celia se peleaba con el supervisor que no le dejaba acceder al laboratorio. Se había quemado anoche y el lector de huella dactilar no le permitía el acceso… en fin, llegaría tarde para la reunión que pretendía resolver para siempre ese mismo problema que tantas veces había pensado pero que nunca le había tocado directamente …:cuantos trabajadores manuales no podrán fichar por haberse lastimado el dedo que el sistema tiene registrado en sus puestos de trabajo… algo tan expuesto como un dedo no es fiable como sistema de identificación…y menos para lugares de alta seguridad, donde un dedo amputado puede ser una llave tan fiable y barata…

Mientras el supervisor hacía una llamada Celia se acercó al dispensador de agua para beber y al alzar el vaso recordó… como Séneca había sido el primero en darse cuenta de tan sencilla forma de cambiar el punto de vista. Como había evolucionado la ciencia en 2000 años. Desde mirar a través de un vaso de agua hasta con el simple gesto de acariciarse el caballete de la nariz, ajustar la visión defectuosa gracias a unas simples gafas. Simples pero entre el vaso de Séneca y su Autenticación por Biometría Ocular había miles y miles de horas de trabajo, miles y miles de vasos de agua bebidos…la sinergia entre un equipo de personas que simplemente beben agua, sin olvidar que posiblemente ese fue el origen de la carrera que estudiaron y del trabajo que estaban desarrollando….

-Doctora Sánchez-Ramos, puede pasar.

-Gracias –respondió Celia mientras le miraba a los ojos intentando descubrir en ellos el misterio que un día la llevó a querer saberlo todo sobre los ojos, a querer ayudar a que esos dos órganos pequeños del cuerpo vivieran mas cómodos y mejor cuidados.

Los ojos, tan importantes y tan frágiles a la vez. Quizá su sentido favorito, sus órganos mimados, siempre intentando protegerlos, para hacerlos fuertes.

Entró en el laboratorio, cogió del estante sus gafas protectoras (SUS gafas protectoras, las que ella misma había inventado para evitar dañarse la vista en su trabajo), saludó a su equipo con la afabilidad que siempre la caracterizó y se dispuso a presentarles a todos su nueva idea:

-¿Recordáis lo que os dije sobre como Séneca miraba a través de un vaso de agua para enfocar mejor lo que leía? ¿Recordáis que os dije que nosotros miraríamos al romano desde el otro lado del vaso? Pues mirad el prototipo que os traigo.

Extrajo de su troley un aparato que a simple vista era un aparato electrónico más, del montón que había miles en el laboratorio, del montón que si no te dicen para que sirve es casi imposible de saberlo.

-Éste es el vaso de Séneca. Miraremos desde el culo del vaso, y Séneca nos reconocerá por nuestra córnea, con más fiabilidad que si presentáramos nuestra huella dactilar… cuando lo desarrollemos convenientemente claro está.

Dos mil años antes, Séneca se frotaba un ojo, donde una mota le estaba molestando por no tener unas gafas protectoras, mientras pensaba si sus ojos marrones eran iguales por dentro que los ojos azules de su madre, muerta tantos años antes…

 

EDMUNDO MOLINERO HERGUEDAS, ‘BOLA DE FUEGO’ (PREMIO DEL PÚBLICO)

Como consecuencia de las lluvias torrenciales de 1635, las minas imperiales de Potosí convertidas en una ciénaga, permanecían cerradas.

Aquella noche un joven inca que seguramente no alcazaba los doce años de edad fue severamente castigado. Su pecado; manifestar que había visto al dueño y señor del inframundo, el Dios Tío. En la mitología andina, incluso pronunciar su nombre, resultaba peligroso. Auténtico Dios-diablo, ofrecía protección a los mineros de Cerro Rico pero también era el responsable de los accidentes mortales que a menudo acontecían en sus dominios.

Minutos antes, el pequeño muchacho se había adentrado en una galería atraído por un extraño resplandor procedente del interior de la tierra. Allí fue recibido por una espeluznante visión que inmediatamente fue reconocida como la deidad minera. Una suerte de sapo gigante con la mirada de fuego y dos descomunales cuernos metálicos por donde emergía un denso y vaporoso calor que acompañado de un silbido atronador ascendía por las paredes de la mina hasta el reino de los vivos.
Pasado el sobresalto y después del escarmiento, a la mañana siguiente, el pequeño regresó al mismo lugar, esta vez acompañado por su padre, para averiguar lo que había ocurrido verdaderamente la noche anterior. Mientras observaban con sorpresa como cientos de mineros regresaban de nuevo a la extracción de mineral, descubrieron estupefactos a los pies de la mina, la emergencia de un formidable estanque que apenas hace unas horas no existía. Sin pronunciar palabra alguna, ni cruzar la mirada entre ellos, idéntico pensamiento asaltó su cabeza:

– Sólo el poder mágico del Dios de la mina ha podio extraer el agua del fondo de la mina en tan poco tiempo-.

Ninguno de los dos, ni siquiera con el paso de los años, averiguaría que en realidad habían presenciado el funcionado de la primera máquina de vapor en el continente americano. Un artilugio diseñado para desaguar las minas por un militar navarro, Jerónimo de Ayanz y Beaumont, en los albores del siglo XVI.

El invento bautizado con el nombre de “Bola de fuego” consistía en una caldera esférica calentada por un horno de leña que producía un vapor que salía por un conducto a gran velocidad y al llegar al fino orificio de su extremo, generaba un movimiento continuo del líquido interior expulsando el agua retenida en la mina hacia fuera. Con certeza y éxito fue utilizada en las minas de Guadalcanal de Sevilla y quién sabe si una “Bola de fuego” también pudo ser utilizada en los confines del imperio donde nunca se ponía el sol.

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