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Ganadores del VII concurso de relato breve ‘La Ciencia y tú’

Martes, 23 de Mayo de 2017 Comments off

El pasado 19 de mayo, tuvo lugar en el Auditorio del Museo, la entrega de premios del VII concurso de relato breve ‘La Ciencia y tú’. Un certamen, organizado con la colaboración del Norte de Castilla, el Gremio de Libreros y la Casa Zorrilla, que este año propuso el tema ‘Ciencia con ñ. La ciencia hecha en español’.

Miriam Rodríguez Alonso, Mª Peña Cid García y Edmundo Molinero Herguedas fueron los ganadores de este concurso en las categorías infantil, general, y premio del público, respectivamente.

A continuación, os dejamos los 3 relatos.

MIRIAM RODRÍGUEZ ALONSO, ‘EL AJOLOTE’ (CATEGORÍA INFANTIL)

Valladolid 17 de abril de 2017

Querido diario, hoy he celebrado mi décimo cumpleaños y me han regalado un libro de animales curiosos. Voy a contarte algo sobre uno de estos animales que me ha impresionado. Se trata del ajolote, un anfibio mexicano de garboso aspecto y asombrosas habilidades biológicas. Este animal no sólo es capaz de regenerar una mano o una cola perdida, sino que también su corazón y otros órganos internos.

Valladolid 17 de abril de 2117

Querido diario, a punto de cumplir 110 años, me he despertado llena de vitalidad. Me he calzado mis deportivas nuevas de última generación y he salido a correr por el centro de Valladolid.

Las pantallas informativas de las calles anuncian el nuevo fármaco del Instituto Juan Carlos Izpisúa, que nos ayudará a mantener la juventud aún más tiempo.

Ha trascurrido ya un siglo desde que mi padre me leía la prensa antes de ir al colegio, era diciembre de 2016 cuando los periódicos publicaban esta noticia: “ Un equipo internacional liderado por el investigador español Juan Carlos Izpisúa consigue revertir el envejecimiento en ratones”.

Tuvieron que pasar varios años hasta que consiguieron dar el salto a los humanos y fijar la dosis que deberíamos tomar ya varias generaciones para alargar la juventud.

Esta tarde celebraré mi 110 cumpleaños y espero seguir soplando las velas y sembrando tus páginas, querido diario, con mis historias…mientras científicos españoles tan importantes como el Dr. Serrano consiguen convertirnos en lozanos ajolotes.

 

Mª PEÑA CID GARCÍA, ‘EL VASO DE SÉNECA’ (CATEGORÍA GENERAL)

Mientras calmaba su sed, Séneca se dio cuenta de que leía con mayor facilidad las letras, sin embargo pequeñas y borrosas. Volvió a dejar el agua pensativo, solo para volver a alzarlo y ver de nuevo esas letras, más amplia y claramente a través del vaso lleno de agua. Una ráfaga de viento levantó una bruja de polvo a su lado.

-Caramba, se me ha metido algo en el ojo!-

Casi dos mil años después Celia se peleaba con el supervisor que no le dejaba acceder al laboratorio. Se había quemado anoche y el lector de huella dactilar no le permitía el acceso… en fin, llegaría tarde para la reunión que pretendía resolver para siempre ese mismo problema que tantas veces había pensado pero que nunca le había tocado directamente …:cuantos trabajadores manuales no podrán fichar por haberse lastimado el dedo que el sistema tiene registrado en sus puestos de trabajo… algo tan expuesto como un dedo no es fiable como sistema de identificación…y menos para lugares de alta seguridad, donde un dedo amputado puede ser una llave tan fiable y barata…

Mientras el supervisor hacía una llamada Celia se acercó al dispensador de agua para beber y al alzar el vaso recordó… como Séneca había sido el primero en darse cuenta de tan sencilla forma de cambiar el punto de vista. Como había evolucionado la ciencia en 2000 años. Desde mirar a través de un vaso de agua hasta con el simple gesto de acariciarse el caballete de la nariz, ajustar la visión defectuosa gracias a unas simples gafas. Simples pero entre el vaso de Séneca y su Autenticación por Biometría Ocular había miles y miles de horas de trabajo, miles y miles de vasos de agua bebidos…la sinergia entre un equipo de personas que simplemente beben agua, sin olvidar que posiblemente ese fue el origen de la carrera que estudiaron y del trabajo que estaban desarrollando….

-Doctora Sánchez-Ramos, puede pasar.

-Gracias –respondió Celia mientras le miraba a los ojos intentando descubrir en ellos el misterio que un día la llevó a querer saberlo todo sobre los ojos, a querer ayudar a que esos dos órganos pequeños del cuerpo vivieran mas cómodos y mejor cuidados.

Los ojos, tan importantes y tan frágiles a la vez. Quizá su sentido favorito, sus órganos mimados, siempre intentando protegerlos, para hacerlos fuertes.

Entró en el laboratorio, cogió del estante sus gafas protectoras (SUS gafas protectoras, las que ella misma había inventado para evitar dañarse la vista en su trabajo), saludó a su equipo con la afabilidad que siempre la caracterizó y se dispuso a presentarles a todos su nueva idea:

-¿Recordáis lo que os dije sobre como Séneca miraba a través de un vaso de agua para enfocar mejor lo que leía? ¿Recordáis que os dije que nosotros miraríamos al romano desde el otro lado del vaso? Pues mirad el prototipo que os traigo.

Extrajo de su troley un aparato que a simple vista era un aparato electrónico más, del montón que había miles en el laboratorio, del montón que si no te dicen para que sirve es casi imposible de saberlo.

-Éste es el vaso de Séneca. Miraremos desde el culo del vaso, y Séneca nos reconocerá por nuestra córnea, con más fiabilidad que si presentáramos nuestra huella dactilar… cuando lo desarrollemos convenientemente claro está.

Dos mil años antes, Séneca se frotaba un ojo, donde una mota le estaba molestando por no tener unas gafas protectoras, mientras pensaba si sus ojos marrones eran iguales por dentro que los ojos azules de su madre, muerta tantos años antes…

 

EDMUNDO MOLINERO HERGUEDAS, ‘BOLA DE FUEGO’ (PREMIO DEL PÚBLICO)

Como consecuencia de las lluvias torrenciales de 1635, las minas imperiales de Potosí convertidas en una ciénaga, permanecían cerradas.

Aquella noche un joven inca que seguramente no alcazaba los doce años de edad fue severamente castigado. Su pecado; manifestar que había visto al dueño y señor del inframundo, el Dios Tío. En la mitología andina, incluso pronunciar su nombre, resultaba peligroso. Auténtico Dios-diablo, ofrecía protección a los mineros de Cerro Rico pero también era el responsable de los accidentes mortales que a menudo acontecían en sus dominios.

Minutos antes, el pequeño muchacho se había adentrado en una galería atraído por un extraño resplandor procedente del interior de la tierra. Allí fue recibido por una espeluznante visión que inmediatamente fue reconocida como la deidad minera. Una suerte de sapo gigante con la mirada de fuego y dos descomunales cuernos metálicos por donde emergía un denso y vaporoso calor que acompañado de un silbido atronador ascendía por las paredes de la mina hasta el reino de los vivos.
Pasado el sobresalto y después del escarmiento, a la mañana siguiente, el pequeño regresó al mismo lugar, esta vez acompañado por su padre, para averiguar lo que había ocurrido verdaderamente la noche anterior. Mientras observaban con sorpresa como cientos de mineros regresaban de nuevo a la extracción de mineral, descubrieron estupefactos a los pies de la mina, la emergencia de un formidable estanque que apenas hace unas horas no existía. Sin pronunciar palabra alguna, ni cruzar la mirada entre ellos, idéntico pensamiento asaltó su cabeza:

– Sólo el poder mágico del Dios de la mina ha podio extraer el agua del fondo de la mina en tan poco tiempo-.

Ninguno de los dos, ni siquiera con el paso de los años, averiguaría que en realidad habían presenciado el funcionado de la primera máquina de vapor en el continente americano. Un artilugio diseñado para desaguar las minas por un militar navarro, Jerónimo de Ayanz y Beaumont, en los albores del siglo XVI.

El invento bautizado con el nombre de “Bola de fuego” consistía en una caldera esférica calentada por un horno de leña que producía un vapor que salía por un conducto a gran velocidad y al llegar al fino orificio de su extremo, generaba un movimiento continuo del líquido interior expulsando el agua retenida en la mina hacia fuera. Con certeza y éxito fue utilizada en las minas de Guadalcanal de Sevilla y quién sabe si una “Bola de fuego” también pudo ser utilizada en los confines del imperio donde nunca se ponía el sol.

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