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Ciencia y arte

Viernes, 28 de noviembre de 2014
Durante una conferencia sobre cultura científica que tuvo lugar en Chile en octubre de 2013, el Dr. en Física Jorge Wagensberg contó una anécdota que le sucedió a un científico, amigo suyo, mientras paseaba con su familia por un museo. El científico, especializado en gravitación y en teoría de la relatividad general, quedó perplejo ante una famosa ilustración de Escher. La imagen, una ilusión óptica, representa a un hombre que, al mismo tiempo que baja unas escaleras, se cruza con otros hombres que la suben. Mientras gran parte del público del museo se mantenía perplejo ante los dibujos de Escher, el científico vio representado en ellos un famoso regalo que Gödel, lógico y matemático austro-húngaro, hizo a Einstein el día de su cumpleaños: una solución a su teoría de la relatividad que explica sus “hilarantes” consecuencias, la posibilidad de viajar al pasado y al futuro.
The M.C. Escher of Fire Escapes por Richard Cawood.  ©Flickr
Con la anécdota como base, bien podríamos preguntarnos si existe alguna relación entre ciencia y arte, y si la intuición despertada en el científico a partir de las ilustraciones de Escher ha sido fruto o no de la casualidad. ¿Puede la ciencia ser compatible con el arte sin dejar de ser ciencia o esta amistad está condenada al fracaso?
Tradicionalmente el arte se ha comprendido como una disciplina que intenta descubrir ciertos parámetros que nos permitan determinar qué es (o qué no es) la belleza. De esta búsqueda habrían surgido diferentes estilos, cada uno con su propio criterio para evaluar lo bello. Mientras, la ciencia se ha entendido como un ámbito que encarna valores antitéticos a los artísticos, ocupada más bien en la acumulación progresiva de conocimientos verdaderos. Dada la dificultad del arte para establecer unos criterios objetivos generales, su conocimiento quedaría asociado al terreno de lo subjetivo y lo particular, mientras que la ciencia se reservaría la exclusividad de lo objetivo.
Esta objetividad que se atribuye a la ciencia frente a otros tipos de conocimientos, como el moral o el estético, no es casual. La ciencia se ha caracterizado siempre por ser un tipo de saber que puede ser comprobado. Podemos, por ejemplo, comprobar si los enunciados que describen la ley de gravitación universal se corresponden o no con la realidad, pero no podemos utilizar ese mismo criterio de correspondencia con lo real en el arte, pues la creación artística trasciende los límites de lo real posible.
El arte trascendiendo el límite de lo real posible.
Salvador Dalí por Halsman, Philippe. ©Wikipedia
La ciencia está sujeta a constante revisión bajo un método (que, a su vez, es también objeto de revisión). Sucede que en ciencia contamos con la posibilidad de exponer y comprobar si algo es o no científico, mientras que en arte se abre un abanico con innumerables posiciones para justificar el valor artístico de algo.
¿Es esa la gran línea que marca las diferencias entre ciencia y arte? ¿Es la ciencia una actividad que dedica sus esfuerzos a revelar lo racional y lo real mientras que el arte se reserva el ámbito de la emoción y de la belleza sin poder establecer nunca un parámetro objetivo que guíe su camino?
En la misma conferencia antes citada, Jorge Wagensberg establecía la división entre arte y ciencia en que la primera era capaz de intuir, de establecer un roce entre lo que no se comprende y lo que está por comprenderse. Así, el arte es capaz de intuir sin comprender, mientras que la ciencia puede comprender sin intuir. La física cuántica, ejemplifica Wagensberg, es un hecho científico que carece de cualquier tipo de intuición empírica pero, incluso con ello, se trata de una de las ramas de la física que cuenta con más amplia evidencia empírica y la ciencia ha sido capaz de descubrir y enunciar sus leyes.
Para Wagensberg, la comprensión e intuición es lo que permitiría la complementariedad de ambas ramas. Mientras los científicos aprovechan las intuiciones que los artistas no logran comprender para descubrir y progresar, los artistas, a través de intuiciones, se aventuran en terrenos aún incomprendidos por los científicos.
Sin embargo esto no cuestiona el monopolio de la verdad que muchos atribuyen a la ciencia, más bien, parece consolidarlo. ¿Es la ciencia el único modo de conocer la realidad? Seguramente coincidamos en que la ciencia cuenta con una ventaja fundamental ya mencionada frente a otros tipos de conocimientos: con ella se puede establecer leyes que se cumplen rigurosamente bajo determinadas condiciones. Ni el arte, ni la moral (los otros dos tipos de conocimientos que considero) cuentan con esa ventaja.
Ocurre que el tipo de conocimiento moral o estético que pueden trasmitir las obras de arte es complejo de comunicar. Sabemos que se ha despertado en nosotros algo en la contemplación de la obra pero difícilmente podremos explicar con detalle cómo ha sucedido.
¿Nos ha enseñado algo El principito? © Flickr.
En este sentido Martha Nussbaum, galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, afirma que el arte (concretamente la literatura) tiene una capacidad exclusiva de revelar algunas verdades de tipo moral. Milan Kundera, sin alejarse de la postura de Nussbaum, sostiene que la literatura nos permite ‘ensayar la vida’. Dado que no podemos volver al pasado para corregir nuestros actos, la literatura abre la posibilidad de ponernos ante un hipotético ‘como si’. La literatura permitiría explorar lo que podría haber sucedido en otras circunstancias de haber tomado otras decisiones. En esa proyección de la vida aprehenderíamos un modo de ser y actuar que un conocimiento científico raramente podría explicar.
Parece ser que el arte sí trasmite un tipo de conocimiento pero, aunque podamos aprender algo del arte, no parece haber verdades artísticas distintas, que sólo el arte pueda proporcionar. Por el contrario, en ciencia sí existe esa especificidad. Hay verdades que sólo ella puede revelar.
Compleja situación pues, en cuanto marcamos un posible límite entre ciencia y arte, la historia nos recuerda que grandes científicos como Copérnico, Galileo, Poincaré o Einstein han hablado claramente respecto a la estética en su disciplina. Algunos incluso afirmando que la belleza es la principal motivación para hacer ciencia.
Estudio de embriones por Leonardo Da Vinci. ¿Era Leonardo un artista o un científico? ©Wikipedia
La ciencia y el arte se han conformado en la historia como dos pilares fundamentales de la cultura humana. Los Estados se esfuerzan en construir Museos y Centros de Investigación, en fomentar la cultura y las ciencias. No parece ser casual. Como hemos visto, parece que en ellas se sintetizan dos poderosas formas de comprender la complejidad de lo real.
The M.C. Escher of Fire Escapes por Richard Cawood. / Flickr

The M.C. Escher of Fire Escapes por Richard Cawood. / Flickr

Durante una conferencia sobre cultura científica que tuvo lugar en Chile en octubre de 2013, el Dr. en Física Jorge Wagensberg contó una anécdota que le sucedió a un científico, amigo suyo, mientras paseaba con su familia por un museo. El científico, especializado en gravitación y en teoría de la relatividad general, quedó perplejo ante una famosa ilustración de Escher. La imagen, una ilusión óptica, representa a un hombre que, al mismo tiempo que baja unas escaleras, se cruza con otros hombres que la suben. Mientras gran parte del público del museo se mantenía perplejo ante los dibujos de Escher, el científico vio representado en ellos un famoso regalo que Gödel, lógico y matemático austro-húngaro, hizo a Einstein el día de su cumpleaños: una solución a su teoría de la relatividad que explica sus “hilarantes” consecuencias, la posibilidad de viajar al pasado y al futuro.

Con la anécdota como base, bien podríamos preguntarnos si existe alguna relación entre ciencia y arte, y si la intuición despertada en el científico a partir de las ilustraciones de Escher ha sido fruto o no de la casualidad. ¿Puede la ciencia ser compatible con el arte sin dejar de ser ciencia o esta amistad está condenada al fracaso?

El arte trascendiendo el límite de lo real posible. Salvador Dalí por Halsman, Philippe. / Wikipedia

El arte trascendiendo el límite de lo real posible. Salvador Dalí por Halsman, Philippe. / Wikipedia

Tradicionalmente el arte se ha comprendido como una disciplina que intenta descubrir ciertos parámetros que nos permitan determinar qué es (o qué no es) la belleza. De esta búsqueda habrían surgido diferentes estilos, cada uno con su propio criterio para evaluar lo bello. Mientras, la ciencia se ha entendido como un ámbito que encarna valores antitéticos a los artísticos, ocupada más bien en la acumulación progresiva de conocimientos verdaderos. Dada la dificultad del arte para establecer unos criterios objetivos generales, su conocimiento quedaría asociado al terreno de lo subjetivo y lo particular, mientras que la ciencia se reservaría la exclusividad de lo objetivo.

Esta objetividad que se atribuye a la ciencia frente a otros tipos de conocimientos, como el moral o el estético, no es casual. La ciencia se ha caracterizado siempre por ser un tipo de saber que puede ser comprobado. Podemos, por ejemplo, comprobar si los enunciados que describen la ley de gravitación universal se corresponden o no con la realidad, pero no podemos utilizar ese mismo criterio de correspondencia con lo real en el arte, pues la creación artística trasciende los límites de lo real posible.

La ciencia está sujeta a constante revisión bajo un método (que, a su vez, es también objeto de revisión). Sucede que en ciencia contamos con la posibilidad de exponer y comprobar si algo es o no científico, mientras que en arte se abre un abanico con innumerables posiciones para justificar el valor artístico de algo.

¿Es esa la gran línea que marca las diferencias entre ciencia y arte? ¿Es la ciencia una actividad que dedica sus esfuerzos a revelar lo racional y lo real mientras que el arte se reserva el ámbito de la emoción y de la belleza sin poder establecer nunca un parámetro objetivo que guíe su camino?

En la misma conferencia antes citada, Jorge Wagensberg establecía la división entre arte y ciencia en que la primera era capaz de intuir, de establecer un roce entre lo que no se comprende y lo que está por comprenderse. Así, el arte es capaz de intuir sin comprender, mientras que la ciencia puede comprender sin intuir. La física cuántica, ejemplifica Wagensberg, es un hecho científico que carece de cualquier tipo de intuición empírica pero, incluso con ello, se trata de una de las ramas de la física que cuenta con más amplia evidencia empírica y la ciencia ha sido capaz de descubrir y enunciar sus leyes.

Para Wagensberg, la comprensión e intuición es lo que permitiría la complementariedad de ambas ramas. Mientras los científicos aprovechan las intuiciones que los artistas no logran comprender para descubrir y progresar, los artistas, a través de intuiciones, se aventuran en terrenos aún incomprendidos por los científicos.

¿Nos ha enseñado algo El Principito? / Flickr

¿Nos ha enseñado algo El Principito? / Flickr

Sin embargo esto no cuestiona el monopolio de la verdad que muchos atribuyen a la ciencia, más bien, parece consolidarlo. ¿Es la ciencia el único modo de conocer la realidad? Seguramente coincidamos en que la ciencia cuenta con una ventaja fundamental ya mencionada frente a otros tipos de conocimientos: con ella se puede establecer leyes que se cumplen rigurosamente bajo determinadas condiciones. Ni el arte, ni la moral (los otros dos tipos de conocimientos que considero) cuentan con esa ventaja.

Ocurre que el tipo de conocimiento moral o estético que pueden trasmitir las obras de arte es complejo de comunicar. Sabemos que se ha despertado en nosotros algo en la contemplación de la obra pero difícilmente podremos explicar con detalle cómo ha sucedido.

En este sentido Martha Nussbaum, galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, afirma que el arte (concretamente la literatura) tiene una capacidad exclusiva de revelar algunas verdades de tipo moral. Milan Kundera, sin alejarse de la postura de Nussbaum, sostiene que la literatura nos permite ‘ensayar la vida’. Dado que no podemos volver al pasado para corregir nuestros actos, la literatura abre la posibilidad de ponernos ante un hipotético ‘como si’. La literatura permitiría explorar lo que podría haber sucedido en otras circunstancias de haber tomado otras decisiones. En esa proyección de la vida aprehenderíamos un modo de ser y actuar que un conocimiento científico raramente podría explicar.

Estudio de embriones por Leonardo Da Vinci. ¿Era Leonardo un artista o un científco? / Wikipedia

Estudio de embriones por Leonardo Da Vinci. ¿Era Leonardo un artista o un científco? / Wikipedia

Parece ser que el arte sí trasmite un tipo de conocimiento pero, aunque podamos aprender algo del arte, no parece haber verdades artísticas distintas, que sólo el arte pueda proporcionar. Por el contrario, en ciencia sí existe esa especificidad. Hay verdades que sólo ella puede revelar.

Compleja situación pues, en cuanto marcamos un posible límite entre ciencia y arte, la historia nos recuerda que grandes científicos como Copérnico, Galileo, Poincaré o Einstein han hablado claramente respecto a la estética en su disciplina. Algunos incluso afirmando que la belleza es la principal motivación para hacer ciencia.

La ciencia y el arte se han conformado en la historia como dos pilares fundamentales de la cultura humana. Los Estados se esfuerzan en construir Museos y Centros de Investigación, en fomentar la cultura y las ciencias. No parece ser casual. Como hemos visto, parece que en ellas se sintetizan dos poderosas formas de comprender la complejidad de lo real.

Ignacio Díez Arauz

Estudiante en prácticas del Grado en Filosofía

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