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“Súper mamá”, relato ganador del IV certamen “La Ciencia y tú” (Aleta Duque García, cat.general)

Lunes, 24 de Marzo de 2014

Cuando oscurecía, el cobertizo brillaba tenuemente con una luz verdosa. Alguna vez que Irène la llevaba a buscar a mamá a la salida de sus clases, pasaban frente a la Escuela y lo veía resplandecer, allá al fondo. A Ève le asustaba, porque había luz, pero ya nadie trabajaba allí. Durante un tiempo había creído que sus padres habían capturado un dragón, que echaba humo negro y fuego verde por la boca, y que ahora vivía encerrado en el viejo laboratorio. Más tarde le explicaron que no se trataba de ningún dragón, sino de unas piedras que venían de un agujero muy profundo bajo la tierra y que lanzaban rayos invisibles, lo cual no resultaba menos misterioso. “No seas tonta” le decía su hermana “no existen la magia ni los fantasmas, sólo es ciencia”.

Sabía que mamá y papá habían hecho cosas importantes y hasta habían ganado una medalla por ello, pero había muchas cosas en el laboratorio de mamá que no entendía y le daban miedo: el olor desagradable, los extraños gorgoteos y silbidos, los cacharros con formas extrañas, las palabras largas y enrevesadas que sonaban tan mal… Irène la llamaba miedica y se burlaba de ella. Pero no era justo, porque a Irène siempre la habían gustado esas cosas, se le daban bien. “Es una Curie pura” solía decir su abuelo. En cambio, a Ève la llamaba “Nuestra pequeña artista”, o, como prefería expresarlo su madre, “Ève tiene la cabeza llena de pájaros”.

Para tranquilizarla sobre esos rayos invisibles que tanto la habían inquietado últimamente, mamá le había enseñado lo que algunos de ellos, ya bien conocidos, podían hacer: ¡ver a través de las personas! Ève se apuró pensando que mamá iba a descubrir quién se había comido furtivamente la última galleta; la vería allí dentro, justo al lado de la sopa y el estofado del almuerzo. Pero en vez de usar sus poderes para mirar dentro de su barriga, mamá le enseñó unas láminas en blanco y negro, donde aparecían unos huesos. Y le fue explicando que eso eran diferentes partes del cuerpo, algunas de papá cuando estaba vivo, otras de la propia mamá, una de cuando Irène se rompió un brazo. Y eso era bueno porque los médicos lo podían usar para saber dónde estaba el problema y curar a los enfermos, le explicó.

Dicen que el conocimiento cura el miedo, pero aquélla noche Ève se desvistió a toda prisa, se metió de un salto en la cama y se cubrió con la manta hasta la cabeza, pues estaba segura de que detrás de las cortinas se escondía un sonriente esqueleto.

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