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Relato ganador categoría especial (Diego Cubero Jiménez)

Viernes, 23 de Marzo de 2012

1917 – Carta al periódico

Mi nombre es Alejandro Torres, aunque aquí, en mi trabajo, todos me conocen como “el científico”. Me llaman así ya que en cierto modo ese es mi cometido desde que ingresé en la plantilla de la fábrica de harinas “El Palero”, situada en la finca de Vistaverde a las afueras de la ciudad y del otro lado del río Pisuerga.

Conseguí el empleo hace ya más de cinco años, en 1912, cuando la fábrica acababa dereabrir sus puertas con nuevos dueños. Había finalizado mis estudios de Ingeniero Químico en la Escuela Central del Real Instituto Industrial de Madrid y acababa de regresar a Valladolid con la idea inicial de ayudar a mi padre en su farmacia.

Desde entonces he ejercido mi profesión, con gran placer, en un pequeño laboratorio habilitado en la planta baja de la fábrica. Con mi buen hacer, he logrado innovadoras mezclas de harinas que ha repercutido en cuantiosos beneficios económicos para los dueños, el señor don Ramón Pardo y su hermano.

Como bien saben ustedes, actualmente el país está dominado por una grave
inestabilidad social y económica que ha venido acompañada de una escalada de los precios de los cereales, en especial del trigo. Por este motivo, los dueños de la fábrica, con la intención de mantener la competitividad de su producto, han decidido reestructurar la plantilla y ahorrarse unos sueldos, lo que incluye cerrar el laboratorio y prescindir de mi trabajo a partir de la próxima semana.

Me dirijo a ustedes, pues me gustaría que un diario como El Norte de Castilla, con más de 60 años de historia, publique y dé a conocer la breve historia de mi vida. Creo que es un fiel reflejo de la triste realidad de los tiempos actuales, donde los intereses económicos a corto plazo priman sobre los avances científicos, que son los que en verdad permiten que una sociedad progrese.

No sientan lástima de mí, pues sé bien que mi vida es el laboratorio y buscaré trabajos que me permitan desarrollar mi vocación, aunque implique abandonar con gran pena mi ciudad, o incluso mi país, y emigrar, como otros muchos, a tierras transoceánicas.

¡Ojalá llegue el día en que esto cambie! Un día en que la gris fábrica de harinas que ahora me rechaza, albergue un espacio dedicado a la ciencia. ¡Un día donde los políticos apuesten por la investigación como verdadero motor de un estado sólido y con futuro!

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