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Archivo para Octubre, 2014

A vista de Museo (II)

Martes, 28 de Octubre de 2014 Comments off

Los colores del paisaje urbano en otoño

A comienzos del pasado verano hacíamos un breve recorrido por los colores que nos brinda el paisaje urbano más cercano al Museo de la Ciencia. Por aquel entonces aludíamos a las luces intensas y planas propias del principio del verano, y a la dominancia de los tonos aceitunados en la vegetación ribereña.

Unos meses después, y ya inmersos de lleno en el otoño, podemos apreciar que aquella homogeneidad cromática se ha tornado algo más variable, como corresponde a la estación en la que muchas especies de árboles y arbustos van perdiendo el denso follaje verdoso con que se han vestido durante los meses precedentes.

Paisaje visto desde el Museo en octubre de 2014

Paisaje visto desde el Museo en octubre de 2014

El contraste entre especies se hace ahora más patente y la gama dominante de tonos verdosos va siendo sustituida paulatinamente por una gama de amarillos, colores nuevos que indican que la clorofila está desapareciendo y deja el protagonismo a nuevos pigmentos pertenecientes al grupo de las xantofilas. Nos encontramos en un momento en que algunas especies, o variedades, de árboles y arbustos aún conservan gran cantidad de clorofila mientras que otras ya lo han perdido casi totalmente, generando un paisaje más heterogéneo y contrastado cromáticamente que el mostrado durante el periodo estival.

Aquí y allá, salpicados entre los colores predominantes, se cuela algún tono pardo o rojizo que nos indica que en esa zona se encuentra algún ejemplar de especies minoritarias, generalmente introducidas, como el cerezo japonés. La pérdida paulatina del follaje va permitiendo que poco a poco tome relevancia un nuevo elemento hasta ahora oculto. Nos referimos a los troncos de los árboles, que introducen un plus de verticalidad en la amalgama lineal del bosque de ribera. Los más oscuros pertenecen a especies como el chopo del país, el sauce blanco o el fresno, mientras que los de tonos cenicientos, o incluso blanquecinos, delatan la posición de los álamos blancos.

De la misma manera que ocurría en el periodo estival, el color que refleja el agua del río está fuertemente relacionado con el color dominante en la vegetación aledaña por lo que ahora son los amarillos los tonos predominantes en las aguas de muchos tramos de la ribera.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, los arboles quedarán despojados de la vestimenta que han lucido en la primavera y verano y darán paso a un paisaje prácticamente monocromo en el que ramas y troncos serán protagonistas indiscutibles, pero eso es una historia que narraremos más adelante. Por ahora nos conformaremos con intentar apreciar los cambios que se producen a nuestro alrededor, para lo que únicamente hace falta utilizar nuestra capacidad de observación.

La comprensión social del científico

Martes, 14 de Octubre de 2014 Comments off

Oh, in the name of God!
Now I know what it feels like to be God!
Dr. Frankenstein (1931)

Las vecinas son cotillas, los abogados tiburones sin escrúpulos; los artistas y filósofos bohemios, los científicos…¡Ay, los científicos!

¿Cómo es posible que estas exageradas afirmaciones parezcan acertadas descripciones de la personalidad y la actividad de una persona?

Nos encontramos, sin duda, frente a un estereotipo. Una imagen o idea aceptada y reproducida por el conjunto de la sociedad pero que resalta solo un aspecto – a veces ni siquiera real – de las cosas o las personas.

La ciencia y los científicos han comprobado en sus propias carnes cómo su actividad se ha visto deformada por un mito que se ajusta poco a la realidad. El científico ha sido normalmente caracterizado en la literatura, la televisión y el cine con personajes masculinos, excéntricos o locos, que hacen uso de métodos irresponsables y poco ortodoxos que les conducen a experimentar irresponsablemente sobre personas e incluso sobre sí mismos.

Puede que en sus inicios la ciencia se desarrollara como una actividad individual y solitaria que se nutría de investigaciones elaboradas en modestos laboratorios y con escasa financiación. Al menos así parece que imaginamos a científicos como Galileo, Newton, Marie Curie, e incluso Einstein.

Parece sensato interpretar que en esos inicios descansa el estereotipo a partir del cual emerge la imagen distorsionada de la ciencia. Y es que la literatura de la segunda mitad del s. XIX incorpora multitud de personajes científicos vinculados a personalidades extravagantes. “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, de Stevenson, o la extensa producción, entonces ficticia, de Julio Verne ilustran el panorama.

Si la literatura puso en marcha la maquinaria, la teatralización de las obras la aceleró. El extraño caso, publicada en 1886, contó con una representación teatral tan solo un año después de su aparición. Desde entonces se sucedieron teatralizaciones, películas y series de televisión que llegan hasta nuestros días, la última producida en 2007 por la BBC (Jekyll).

Precisamente considero que la comunicación audiovisual (TV, cine) contribuyó a afianzar definitivamente las raíces de lo que la memoria colectiva entiende por el científico y la ciencia.

Fue el cine quien nos presentó al Dr. Frankenstein y al Dr. Caligari, a James Bond contra el Dr. No, a Spider-Man contra el Dr. Octopus y, en definitiva, al héroe contra el científico malvado y ambicioso.

Pero también nos presentó una figura de científico casi antagónica a la de villano: el científico aventurero e inventor: Sherlock Holmes, Indiana Jones, los forenses de CSI

Estos dos modos en que la literatura, el cine y la televisión han presentado el ámbito científico, antagónicos en apariencia, comparten raíces comunes.

Tanto la figura del científico loco como la del aventurero caza fortunas recrean la acción científica como una actividad individual, aislada y solitaria.
Hoy en día la ciencia (y el científico) dista mucho de aquella imagen estereotipada difundida por la literatura y los medios de comunicación de masas. Solo tenemos que recordar algunos de los últimos grandes proyectos científicos que se han emprendido en el mundo (el proyecto genoma humano, las investigaciones sobre el sida o el cáncer, la construcción del súper-acelerador de partículas, la Estación Espacial Internacional, etc.).

Solo con mirar los ganadores de destacados premios, como el Nobel de Física o Química, comprobaremos que la lista evoluciona desde ganadores individuales a ganadores colectivos de diferentes países.

Todas estas investigaciones han sido realizadas globalmente por diferentes naciones del mundo en estrecha colaboración. Es necesario, dada la magnitud de los conocimientos científicos acumulados y la especialización hacia la que se ha avanzado, complementar los conocimientos de cada rama de la ciencia.

Sin embargo no es la única razón. También se comprende que es la sociedad en su conjunto la que debe colaborar en el progreso de la humanidad. Por ello, las instituciones públicas, así como algunas privadas, destinan importantes fondos para financiar los proyectos.

Comprobamos que la ciencia dista mucho de ser una acción aislada, y se caracteriza, más bien, por ser una actividad principalmente social.

Así queda desmontada la imagen individualista del científico, pero… ¿qué pasa con el alocado y extravagante hombre de ciencia?

Muchas veces la experimentación llevada a cabo por los personajes científicos no buscaba causar daño alguno, al contrario, pretendía dar solución a grandes males sociales. Guiados por ese anhelo, algunos científicos investigaban y experimentaban poniendo el éxito de los descubrimientos por delante de cualquier método, ética…

No obstante, la actividad científica se caracteriza precisamente por ajustar sus investigaciones a una exhaustiva metodología: formulación de hipótesis, proyección de estas, comprobación empírica, etc. Y a esta se añaden los límites éticos y la legislación necesaria, aunque a menudo la realidad vaya más adelantada.

La Historia ha permitido a la ciencia depurar un procedimiento cada vez más fiable que permita el seguro progreso del conocimiento humano.  Alejando el dogmatismo y el misticismo de su seno, la ciencia podrá liberarse de los prejuicios que la rodean, responsabilidad que nos atañe a todos.

Ignacio Díez Arauz

Estudiante en prácticas del Grado en Filosofía

Qué ver en el cielo el mes de octubre

Viernes, 10 de Octubre de 2014 Comments off

¡Ya llegó el otoño, tan deseado! Y las lluvias… ¡Qué se le va a hacer! Mucha paciencia… Porque por lo que parece tendremos que sacar el paraguas a pasear…

Oficialmente el otoño comenzó el pasado 23 de septiembre a las 04:29 hora local española, y terminará el 22 de diciembre, durando un total de 89 días y 20 horas.

Durante esta estación, nos encontramos con el mismo problema que podemos tener en primavera: las lluvias. Los cielos suelen tener tendencia a estar cubiertos y las precipitaciones (por otro lado muy necesarias) suelen “aguarnos” la fiesta, y nunca mejor dicho. La noche que no está nublada suele tener mucha humedad ambiental, lo que dificulta la observación, o bien tenemos la presencia de la Luna que también nos impide observar. Aunque también hay momentos en los que después de un buen chaparrón, el cielo se ve limpio e infinito. Pero seamos positivos, supongamos que no hay Luna y que tenemos un cielo despejado. Vamos a observar.

Imagen simulada del cielo de octubre

Imagen simulada del cielo de octubre

El inconveniente de la observación en otoño, al menos para las constelaciones pertenecientes a esta estación (ya sabéis, las situadas hacia esa “ventana” al sur), es que tenemos que buscar una zona especialmente oscura, ya que las estrellas que se pueden localizar son débiles y sólo en esos lugares se pueden observar. Me refiero a constelaciones como Capricornio, Acuario, el Caballito, el Microscopio o el Pez Austral. En esta última sí que hay que decir que su estrella principal, Fomalhaut, es bastante brillante, y puede observarse, algo baja con respecto al horizonte, pero con un brillo destacable, hacia el Este a primeras horas de la noche, y según pase el tiempo, hacia el Sur. También conocen a esta estrella como “la estrella solitaria” ya que destaca con su brillo entre el conjunto de estrellas poco brillantes de alrededor.

Dentro de las constelaciones que se pueden ver en otoño, aunque no se las considere propiamente de la estación, están el conjunto que componen la leyenda de Perseo. Son las constelaciones de Casiopea, Cefeo, Andrómeda, Perseo, Pegaso y Ballena. Estas constelaciones son relativamente fáciles de identificar en el cielo porque, primero, son constelaciones más brillantes que las anteriormente enumeradas, y, segundo, sus formas son sencillas. Casiopea es una constelación en forma de letra “W”, así que no tiene pérdida. Además es una constelación circumpolar, es decir, desde nuestra posición se puede ver durante todo el año a cualquier hora de la noche. Cefeo está algo más arriba y tiene forma de una casa dibujada por un niño. Pegaso es, básicamente, un gran cuadrado en el cielo. Andrómeda se estira en forma de “V” tumbada y ligeramente curvada desde una de las estrellas de Pegaso y hacia su izquierda. Perseo está por debajo de Casiopea y cerca de Andrómeda. Ballena es algo más complicada, pero por eso os adjuntamos esta imagen simulada del cielo.

Como este grupo de constelaciones ocupa un área del cielo muy considerable, podremos observar un gran número de objetos celestes. Solamente comentaremos algunos, pero para comenzar son suficientes.

Una de los más sencillos de localizar está en la constelación de Andrómeda. Hacia la mitad de la misma y ligeramente por encima de ella, podemos ver, si estamos en zona oscura, un elemento borroso en el cielo, pequeño y poco brillante, aunque localizable a simple vista. Es la galaxia de Andrómeda, la galaxia más cercana a la nuestra y la única visible a simple vista desde esta parte del mundo. Es el objeto más lejano visible a simple vista (unos tres millones de años-luz).

En la constelación de Cefeo destaca mu Cephei, una de las estrellas más rojas del cielo. Es visible con prismáticos. Es una estrella de tipo hipergigante con un diámetro estimado de 1.420 veces el diámetro solar. Si diésemos la vuelta en torno a la estrella a la velocidad de la luz, tardaríamos ¡más de seis horas!

Dentro de la constelación de Pegaso (el caballo alado), destacamos el objeto M15, un cúmulo globular, es decir, una aglomeración de estrellas en forma de esfera. Contiene una de las cuatro nebulosas planetarias (expulsión del gas de una estrella en las fases de su muerte) conocidas en un cúmulo globular. Se sitúa a unos 33.600 años-luz, y se calcula que se dirige a la Tierra a una velocidad de 383.760 km/h. No os preocupéis, no hay riesgo de colisión…

Y para terminar con las constelaciones, en Perseo tenemos uno de los objetos más fáciles del cielo, conocido como “el doble cúmulo de Perseo”. Son dos cúmulos abiertos, visibles a simple vista en zonas oscuras. Se denominan, como curiosidad, NGC 869 y NGC 884.

Por otra parte, todavía podemos ver a muy primera hora de la mañana, a Júpiter, mirando en dirección este. Se convierte así en un señuelo de “lucero del alba”, ya que, aunque el lucero oficial es Venus, éste no se puede observar debido a su proximidad al Sol. En cualquier caso, ya sabéis que Júpiter siempre nos ofrece un gran espectáculo, incluso con pequeños instrumentos. Lo podéis localizar entre las constelaciones de Cáncer y Leo sobre las 04:00 horas, apróximadamente.

Y recordad, si tenéis cualquier tipo de duda o pregunta sobre observación, objetos o telescopios, no dudéis en escribirnos al planetario@museocienciavalladolid.es, o bien os esperamos en las sesiones del Planetario.

Planetario.

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