Archivo

Archivo para Lunes, 24 de Marzo de 2014

“35P/Herschel-Rigollet: soy un cometa”, relato ganador del IV certamen “La Ciencia y tú” (Margarita Gómez, cat.especial)

Lunes, 24 de Marzo de 2014 Comments off

Las luces se apagan y la sombra de  Carolina Herschel se pasea entre los visitantes que permanecen sentados en la sala del Planetario del Museo de la Ciencia. La música del oboe que acompañó su infancia se desliza por el ambiente y cuando la voz en off comienza a explicar las maravillas del Cosmos, ella rememora su vida.

Su infancia, marcada por la dualidad entre su madre, que quería para ella una educación femenina propia del siglo XVIII en el cual nació, y su padre, que la abrió los horizontes de la cultura y  la condujo,  tras su muerte,  a abandonar su hogar en Alemania y trasladarse con su hermano William a la corte de rey  Jorge III, en Inglaterra. Siguiéndole a él  comenzó sus estudios de astronomía y tener su propio observatorio fue uno de sus sueños conseguidos.

Soñar…, el ambiente invita a soñar.

Al mirar el cielo estrellado del planetario, recuerda la ilusión de ser nombrada ayudante  de su hermano: el astrónomo del Rey.

Juntos descubrieron mil estrellas dobles. ¡Cuántas horas de observación¡ ¡Cuantas noches mirando al cielo¡ calculando, describiendo, explicándose, preguntándose… demostrando que existe gravedad fuera del sistema solar.

Y luego seguir trabajando, ella independientemente, descubrir  ocho cometas, nebulosas, hacer catálogos, incansable, inagotable, persistente en el esfuerzo, que reconocieron sus contemporáneos, a pesar de su condición de mujer , con la medalla de oro de la Royal Astronomical Society.

Carolina sonríe al recordar  la polémica cuando la nombraron miembro de la Real Academia Iralndesa o cuando poco antes de su muerte y ya de vuelta en Hannover recibió la Medalla de Oro de las Ciencias del rey Federico-Guillermo de Prusia.

Una vida prolija, dilatada, 97 años  entregados a indagar en la inmensidad del  Universo que nos rodea y que ahora se apaga entre el aplauso de los espectadores que han viajado, sin saberlo, junto con la primera mujer astrónoma profesional.

“Visita de madrugada”, relato ganador del IV certamen “La Ciencia y tú” (Laura Valerio Núñez, cat. infantil – juvenil)

Lunes, 24 de Marzo de 2014 Comments off

Más de tres horas rodeada de catetos e hipotenusas. En efecto, hablo de las magníficas y divertidas matemáticas. Cabezazo tras cabezazo comencé a adormecerme, mis párpados se deslizaban como un esquiador profesional en la nieve. No podía más, finalmente caí rendida.

Mecida en un plácido sueño, me precipité de golpe en una especia de ciudad griega. De frente, llamó mi atención un grandioso templo de grandes columnas. La curiosidad me pudo y mis pasos me llevaron hasta allí.

Para mi sorpresa, un hombre alto y pálido, vestido con una túnica desahogada y unas simples sandalias marrones, se percató de mi presencia y asustado, se le cayeron torpemente los pergaminos que sostenía al suelo. Me acerqué a ayudarle y tras volverlos a recuperar y colocarlos cuidadosamente  me miró agradecido. Entre tanta anotación, números por un lado, formulas por otro, se trataba una vez más de las  matemáticas. ¿Sería ese hombre uno de los más grandes matemáticos de la historia?

Él me preguntó sobre mi interés en el tema y tras avasallarme a preguntas, Él comenzó a explicarme todo con tal sencillez y seguridad que acabe comprendiendo todo como nunca lo habría imaginado.

Pii pi pii pi pii pi. Las siete. Sobresaltada me desperté miré a mi izquierda y derecha y comencé a volver a la realidad.

Mientras sumergía mis galletas en la taza del desayuno rememoré mi aventura griega con una cara un tanto desencajada. Nunca olvidaré aquella bella clase en la cual aprendí a aprender soñando con mi admirado Pitágoras.

“Súper mamá”, relato ganador del IV certamen “La Ciencia y tú” (Aleta Duque García, cat.general)

Lunes, 24 de Marzo de 2014 Comments off

Cuando oscurecía, el cobertizo brillaba tenuemente con una luz verdosa. Alguna vez que Irène la llevaba a buscar a mamá a la salida de sus clases, pasaban frente a la Escuela y lo veía resplandecer, allá al fondo. A Ève le asustaba, porque había luz, pero ya nadie trabajaba allí. Durante un tiempo había creído que sus padres habían capturado un dragón, que echaba humo negro y fuego verde por la boca, y que ahora vivía encerrado en el viejo laboratorio. Más tarde le explicaron que no se trataba de ningún dragón, sino de unas piedras que venían de un agujero muy profundo bajo la tierra y que lanzaban rayos invisibles, lo cual no resultaba menos misterioso. “No seas tonta” le decía su hermana “no existen la magia ni los fantasmas, sólo es ciencia”.

Sabía que mamá y papá habían hecho cosas importantes y hasta habían ganado una medalla por ello, pero había muchas cosas en el laboratorio de mamá que no entendía y le daban miedo: el olor desagradable, los extraños gorgoteos y silbidos, los cacharros con formas extrañas, las palabras largas y enrevesadas que sonaban tan mal… Irène la llamaba miedica y se burlaba de ella. Pero no era justo, porque a Irène siempre la habían gustado esas cosas, se le daban bien. “Es una Curie pura” solía decir su abuelo. En cambio, a Ève la llamaba “Nuestra pequeña artista”, o, como prefería expresarlo su madre, “Ève tiene la cabeza llena de pájaros”.

Para tranquilizarla sobre esos rayos invisibles que tanto la habían inquietado últimamente, mamá le había enseñado lo que algunos de ellos, ya bien conocidos, podían hacer: ¡ver a través de las personas! Ève se apuró pensando que mamá iba a descubrir quién se había comido furtivamente la última galleta; la vería allí dentro, justo al lado de la sopa y el estofado del almuerzo. Pero en vez de usar sus poderes para mirar dentro de su barriga, mamá le enseñó unas láminas en blanco y negro, donde aparecían unos huesos. Y le fue explicando que eso eran diferentes partes del cuerpo, algunas de papá cuando estaba vivo, otras de la propia mamá, una de cuando Irène se rompió un brazo. Y eso era bueno porque los médicos lo podían usar para saber dónde estaba el problema y curar a los enfermos, le explicó.

Dicen que el conocimiento cura el miedo, pero aquélla noche Ève se desvistió a toda prisa, se metió de un salto en la cama y se cubrió con la manta hasta la cabeza, pues estaba segura de que detrás de las cortinas se escondía un sonriente esqueleto.

Este sitio web usa cookies. Si continúas navegando o pulsas Aceptar, entenderemos que estás de acuerdo con ella. Puedes visitar nuestra Política de Cookies aquí.